La historia de la humanidad no es solo una lucha por la supervivencia, sino también el juicio incansable del espíritu entre la lealtad y la traición. El proceso del monoteísmo (Tawhid), que comenzó con el profeta Adán, sufrió sus primeras rupturas cuando el ser humano sucumbió ante su ego, su envidia y las provocaciones de Satanás. El acto de "adorar un objeto o meta fuera de Dios" no surgió de la noche a la mañana; entró en la agenda de la humanidad a través de una cadena de desviaciones tejida paso a paso.
La Primera Traición: El Fuego de Caín y la Oscuridad del Ego
Todo comenzó con la ley del matrimonio entre los hijos de Adán y Eva. Según el orden divino, se había permitido que los gemelos de cada parto se casaran con los gemelos del parto siguiente. La belleza de Iclima, gemela de Caín, frente a Lübüz, la gemela de Abel, que era menos agraciada, encendió el primer gran fuego de envidia en la historia humana. Caín se opuso al mandato divino de su padre y quiso casarse con la hermosa Iclima.
Para resolver este conflicto, Dios pidió a los hermanos que presentaran una ofrenda. El hecho de que el fuego descendiera del cielo para aceptar la ofrenda de Abel transformó la envidia de Caín en un arrebato de locura. Tras matar a su hermano, Caín tomó a Iclima y huyó del Monte Nevz hacia Yemen. Ese fue el momento en que Satanás conectó por primera vez la mente humana con un objeto material (meta). Satanás engañó a Caín diciéndole: "Tu hermano Abel en realidad servía al fuego, por eso el fuego consumió su ofrenda. ¡Haz tú lo mismo!". Caín construyó una "casa de fuego" y se convirtió en la primera persona en abandonar a Dios para postrarse ante la materia (el fuego).
Del Afecto a la Adoración: Desviación bajo la Sombra de las Estatuas
La segunda fase de la adoración a lo material, más organizada, ocurrió mediante la manipulación de las buenas intenciones. Los nombres mencionados en el Sagrado Corán —Vedd, Suva, Yagus, Yaguk y Nesr— eran en realidad hijos piadosos y amados de Adán. El pueblo los respetaba y escuchaba sus palabras. Cuando fallecieron, la gente se sumió en una gran tristeza. Satanás llenó este vacío de inmediato y sembró una idea: "Hagamos sus imágenes para que, al verlas, nos sintamos motivados a la adoración".
Un hombre de la estirpe de Caín convirtió estas imágenes en estatuas de madera y piedra, sentando las bases de la idolatría. En el primer siglo, estas estatuas eran solo recordatorios. Sin embargo:
En el Segundo Siglo: El respeto y la reverencia hacia estas estatuas aumentaron, forzando los límites.
En el Tercer Siglo: La gente comenzó a esperar intercesión de estos objetos sin vida, viéndolos como intermediarios ante Dios. La incredulidad y la asociación (shirk) se desbordaron.
La Lucha de los Profetas y la Gran Purificación
A medida que la humanidad adoraba la materia, Dios envió al profeta Idris (Enoch) como manifestación de Su misericordia. Sin embargo, el pueblo prefirió los ídolos que podían sostener y ver, rechazando al Creador invisible. Esta idolatría obstinada continuó aumentando hasta la época del profeta Noé. A pesar de los siglos de invitación de Noé, su pueblo resistió con corazones endurecidos.
Finalmente, como castigo por adorar la materia y negar la verdad, Alá el Altísimo purificó la tierra de esta creencia corrupta mediante el Gran Diluvio. Las aguas del diluvio no solo sepultaron a las personas, sino también a aquellos objetos inertes por los que se había derramado sangre y ante los cuales se habían postrado.
En conclusión; adorar una "meta" u objeto fuera de Dios comenzó con la envidia en el corazón, y luego se sistematizó a través de la visualidad (estatuas) bajo la máscara de la "buena intención". Aunque hoy en día cambie de forma, la tendencia a sacralizar la materia y poner intermediarios ante Dios es, en esencia, una continuación de aquel fuego que encendió Caín y de aquellas estatuas que esculpió su estirpe. La única salvación para la humanidad es comprender la transitoriedad de la materia y dirigirse hacia el Dios Eterno.











