Las páginas polvorientas de la historia están llenas de un testimonio de vergüenza donde la dignidad humana fue pisoteada y la naturaleza innata (fitra) fue reducida al nivel más bajo: el Pueblo de Lot. El Profeta Lot (Lut), quien fue testigo de la salvación del Profeta Abraham del fuego y fue uno de los primeros en creer en él, no solo fue un profeta, sino también el único representante de una lucha honorable contra una sociedad desenfrenada. Su nombre, que significa "cubrir/ocultar algo", es sumamente significativo; el Profeta intentó cubrir y limpiar las inmundicias cometidas por su pueblo, pero se encontró con una masa que había sacrificado su voluntad en el altar de la perversión.
Un pantano de inmundicia de quinientas mil personas
Enviado por Alá a las ciudades de Sodoma, Gomorra, Adma, Zeboím y Zoar, el Profeta Lot se enfrentó a una multitud de al menos quinientas mil personas que, aunque enriquecidas por el comercio y la agricultura, estaban espiritualmente podridas. Esta sociedad había convertido la inmoralidad en un estilo de vida; abandonaron el matrimonio —que es la exigencia de la naturaleza humana— para volcarse al sexo entre hombres y entre mujeres, llevando sus perversiones a límites inimaginables. Tal era su bajeza que una indecencia que ni siquiera los animales exhibirían, se volvió "normal" dentro de esa comunidad.
El Profeta Lot estaba solo en medio de este pantano. Incluso su propia esposa, la persona más cercana a él, se hizo cómplice de esta perversión, traicionando a su profeta y apoyando el sucio orden de su pueblo. En cuanto al pueblo, respondieron a las advertencias con burlas, desafiando a Alá con arrogancia: "¡Si eres de los veraces, trae ese castigo!", sumergidos en su soberbia y depravación.
Piedras que llovieron del cielo y un final ejemplar
Cuando el decreto de Alá se hizo efectivo, los ángeles Gabriel, Israfil y Miguel (la paz sea con ellos), llegaron a la casa de Lot bajo la apariencia de jóvenes apuestos. La esposa de Lot, consumida por la traición, informó de inmediato al pueblo sobre la presencia de los invitados. La gente de la ciudad cercó la casa del profeta con sus deseos feos y viles. Sin embargo, ese fue su último paso.
Con las primeras luces de la mañana, estalló un castigo nunca antes visto ni oído. Un grito aterrador, seguido por el volteo de las ciudades, y sobre ellos llovieron piedras del cielo, marcadas de antemano con el nombre de quien debía recibir el impacto. Esta comunidad perversa fue borrada de la faz de la tierra.
La traición a la naturaleza humana y el precio eterno
El dicho del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Alá sean con él): "Alá trasladará a aquel de mi comunidad que muera practicando el acto del Pueblo de Lot y lo resucitará junto a ellos", revela claramente la gravedad del asunto y las consecuencias en el Más Allá.
El ser humano que se entrega a cualquier perversión ilegítima contraria a su naturaleza, no solo convierte su vida en una prisión, sino que también prepara su propia perdición eterna. El Islam, que es el protector supremo de la moral y la naturaleza innata, califica la transgresión de estos límites como un "suicidio de la humanidad". La historia está llena del final ejemplar de aquellos que se ahogaron en este pantano de perversión; pues quienes le declaran la guerra a las leyes de la naturaleza establecidas por Alá, a lo largo de la historia, no han quedado en nada más que en ruinas.
Hoy, quienes comercializan estas inmundicias bajo la máscara de la modernidad o la libertad, no deben olvidar esa antigua advertencia que surge de las cenizas de Sodoma y Gomorra: En el momento en que el ser humano niega su naturaleza innata, prepara su propio final.











