El mayor error del ser humano es calificar las pruebas que le sobrevienen como "desastres" y hacer de su mundo un lugar asfixiante. Sin embargo, el verdadero creyente sabe que la aflicción es una forma de disciplina que proviene directamente de Dios. El ejemplo más duro, cortante y educativo de esta disciplina se esconde en la historia del Profeta Jacob (la paz sea con él).
Para la generación actual, impaciente y carente de resistencia, que exige que todo ocurra de inmediato, la espera de cuarenta años de Jacob (p. con él) es una lección estremecedora que debería llevarse siempre en el corazón.
Jacob (p. con él), hijo de Isaac y antepasado de los Hijos de Israel, tejió su vida con migraciones, dolores y una nostalgia interminable. Sin embargo, lo que lo grabó en la historia con letras de oro no fueron sus sufrimientos, sino el "Sabr-ı Cemil" (la paciencia hermosa) que mostró ante ellos.
Que su hijo más amado, José, fuera arrojado a un pozo y abandonado a su suerte por sus propios hermanos, fue para Jacob mucho más que el dolor de un padre: fue una prueba de entrega inquebrantable.
Se narra que la angustia de Jacob por su hijo equivalía al dolor de setenta madres que habían perdido a sus hijos. No obstante, ante esta carga tan pesada, él no se lamentó ante los demás, no ventiló sus penas para despertar compasión, ni albergó por un solo instante una mala opinión de su Señor.
Él presentó su pesar única y exclusivamente ante Dios. Porque sabía que: Un dolor presentado ante Dios es una oración, pero un dolor expuesto ante los hombres es una confesión de debilidad y falta de fe.
Un corazón que dice: "Solo expongo mi angustia y mi tristeza ante Dios", ha hecho suyo el sagrado versículo de la Surah Yusuf: "...nadie desespera de la misericordia de Dios, excepto quienes no creen."
Cuarenta años... Se dice pronto, pero es una vida entera de espera. Un padre, sin noticias de su ser más querido, esperó hasta quedar ciego de tanto llorar. Esta no fue una espera pasiva; por el contrario, fue una postura firme, erguida, en el nivel más alto de la fe, sin la más mínima grieta.
Finalmente, cuando José (p. con él) salió de la oscuridad del pozo para convertirse en el ministro de finanzas de Egipto, el "Sabr-ı Cemil" de su padre fue coronado con la victoria.
El hombre de hoy, lejos de esperar cuarenta años, comienza a quejarse ante la más mínima dificultad, a levantar banderas de rebelión y a cuestionar el destino preguntándose "¿Por qué a mí?".
Debemos saber esto: la paciencia no es esperar en silencio a que pase una desgracia. La paciencia es mantener la integridad y la fortaleza, enterrando el grito en el corazón, sin dejar que la confianza en Dios se tambalee ni un segundo ante la calamidad.
Jacob (p. con él) nos enseña lo siguiente: quien pierde la esperanza, ha renunciado a la misericordia de Dios. Quien intenta aliviar su dolor quejándose con los hombres, ha desperdiciado su paciencia.
Ante las desgracias que le sobrevienen, o bien convierte esa tragedia en un símbolo de "Sabr-ı Cemil" y madura, o bien, al rebelarse, se convierte en uno de los que fracasan en la prueba.
La elección es suya: o ser un siervo con la fe y la paciencia necesarias para reencontrarse con su "José", o ser un lamento impotente que cae en el pozo que él mismo ha cavado.











